sábado, 30 de junio de 2012

"REFLEXION CONVIERTETE Y CREE EN LA BUENA NUEVA



CONVIERTETE Y CREE EN LA BUENA NUEVA
(Publicado en nuestra revista MISION SIGLO XXI Nº 9)
La Fe Católica es realmente una fe sublime y la única que posee la Verdad completa. Ella contiene todas las verdades que dan respuesta a las más hondas inquietudes humanas. El hombre desde sus orígenes se ha preguntado: "¿Quién soy yo? ¿Cuál es mi real valor? ¿De dónde vengo? ¿A dónde va mi vida?, y sobre todo ¿Cuál es la razón de mi existencia?" (Salmo 8,3)
En la revista "MISION SIGLO. XXI" hemos ido respondiendo a dichas preguntas fundamentales desde su primer número.
Ya hemos visto que Dios nos creó por amor, a su imagen y con el propósito que llegáramos a ser sus hijos adoptivos semejantes a Cristo (Efesios 1,4-5). La opción correcta del hombre creado era seguir la senda de las normas de Dios para cumplir el plan divino. Pero por incitación del diablo el hombre se rebeló contra la Voluntad de Dios y cayó en Pecado (Romanos 5,12).
En nuestro anterior número vimos que la reacción de Dios ante el Pecado fue el Plan de la Redención: Enviar a su Hijo Unico para que sacrificando su vida destruyera la obra del mal y diera Nueva Vida a la humanidad. Es así que gracias a la muerte de Jesús todos podemos aspirar entrar al Reino de Dios (Efesios 2,1-6). La salvación que el Padre nos ha dado en Jesús implica el perdón total de nuestros pecados y el nuevo nacimiento de nuestro ser para enviarnos a luchar por un mundo más justo, y finalmente llevarnos a gozar de su Reino Eterno (Romanos 6,22). Y todo esto de manera gratuita porque el amor que Dios nos tiene es inmenso. Ninguna obra buena, ningún mérito humano podía merecer esta gracia divina: "No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido sino que les ha sido dado por Dios" (Efesios 2,8-9; Gálatas 2,21). Lo único que Dios nos pide es la conversión del corazón, es decir el arrepentimiento de nuestros pecados y la entrega a Jesús como el único Salvador y Señor de nuestra vida (Juan 6,28). Acerca de este vital tema de LA CONVERSION vamos a tratar ahora.
QUE ES LA CONVERSION
La palabra conversión proviene del término griego "metanoia" que significa "arrepentimiento, cambio de mentalidad, volverse" (Léxico griego-español de Mckibben). En Jesús esta palabra adquiere un tono imperativo: "¡conviértanse y crean!" (Marcos 1,15). La conversión para Jesús implica dos cosas: la fe y el arrepentimiento. Ambas actitudes producen el cambio que es necesario para poder entrar en el Reino de Dios. Jesús insistió mucho en la necesidad de la CONVERSION para hallar SALVACION (Lucas 13,1-5). Por ejemplo dijo "háganse como niños si quieren entrar en el Reino" (Mateo 18,3). Para Jesús la conversión no está solo en apartarse del mal, sino sobre todo en VOLVER EL CORAZON HACIA DIOS. "La auténtica conversión tal como la entiende Jesús, se da cuando el hombre deja de confiar en sí mismo y confía audazmente en Dios y de El espera todo bien" (Diccionario de Teología Bíblica, de Bauer, p.212). La conversión fue un punto principal en la prédica de Jesús y luego de los apóstoles.
NECESIDAD ACTUAL DE LA CONVERSION
En el principio de la historia de la Iglesia se bautizaba solo a los que se convertían a Jesucristo (Hechos 2,41). Al paso de los siglos este criterio cambió. Puesto que el mundo fue haciéndose cristiano el bautismo de los niños pasó a ser una práctica de las familias cristianas. Esto está bien, pero se descuidó hacer lo mismo con la evangelización y la catequesis. Estas fueron quedando fuera de las familias y concentrándose en los conventos y parroquias. Solo las devociones quedaron dentro de los hogares. ¿Cuál es el resultado? Que hoy, a finales del siglo XX, en que los católicos nos acercamos a los mil millones en el mundo, una gran parte no ha vivido la experiencia de conocer personalmente a Cristo. Han recibido el bautismo por haber nacido en un hogar católico, es decir por tradición familiar, pero no por efecto de la fe y el arrepentimiento personal. O sea que no han hecho su conversión a Cristo. Por eso en la Iglesia tenemos muchos católicos nominales, católicos de nombre pero no de hecho, católicos que no se sienten identificados con la Iglesia y viven apartados del camino de Cristo. Por lo tanto, la GRAN MISION de nuestra época es CONVERTIR A LOS BAUTIZADOS. Los miembros de la Iglesia (incluido muchos líderes parroquiales y aún sacerdotes) necesitan ser evangelizados para que conozcan PERSONALMENTE A JESUS y se conviertan a El. Solo así Jesús llegará a ser verdadero Señor y Salvador de sus vidas. Esta realidad es la que ha movido al Papa JUAN PABLO II a lanzar el llamado a una NUEVA EVANGELIZACION.
CONOCER PERSONALMENTE A JESUS
Hace ya veinte siglos que Jesucristo nació en Belén, murió en la cruz y resucitó al tercer día por la salvación de la humanidad. Sin embargo para muchos católicos Jesucristo es solo un personaje histórico, una imagen devocional y un motivo de costumbres religiosas como la navidad. Jesús no ha entrado en sus vidas. Tiene muchos "devotos" pero pocos testigos y apóstoles de a verdad. Y esto incluso entre quienes frecuentan las parroquias como laicos comprometidos, líderes de grupos y catequistas. (¿Cómo es en tu caso amigo lector?: ¿quién es Jesús para tí?, ¿es tu Señor y Salvador a quien sirves dándole tu tiempo y honrándole con tu conducta?)
Para que Jesús llegue a ser el Señor y Salvador del creyente tiene que darse primero un encuentro personal con él, "cara a cara". (A lograr este encuentro y no a otra cosa debe apuntar el propósito de toda evangelización católica.). En este encuentro el pecador tiene la oportunidad de DECIDIR PERSONALMENTE si sigue a Cristo o se queda sin él (Juan 6,67-69). Si decide por seguir a Cristo entra en conversión.
Jesús no dijo a la gente: les voy a enseñar un camino, sino «Yo soy el Camino». No dijo: les voy a enseñar unas verdades, sino «Yo soy la Verdad y la Vida» (Juan 14,6). El afirmó: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8,12), «Yo soy la vid y ustedes las ramas» (Juan 15,5). Jesucristo aseguró enfáticamente: "el que cree en mi..., me sigue..., come mi carne..., entra por mi..., TIENE LA VIDA ETERNA" (Juan 6,40; Juan 8,12; Juan 6,54; Juan 10,9). Estas palabras suyas revelan que El es el único Señor y Salvador. A él debemos conocer y entregar nuestras vidas para entrar en la senda de la salvación. Quién no ha encontrado a Cristo NO LE CONOCE y por tanto NO ESTA en la senda de la salvación, aunque se haya bautizado catolicamente y pertenezca a un grupo parroquial. El apóstol San Juan lo afirma: «El que tiene al Hijo, tiene la vida. El que no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1Juan 5,11). Una cosa es cumplir las costumbres religiosas o aprobar el curso de religión en el colegio y otra cosa es CONOCER a Jesús. Una cosa es haber sido bautizado y confirmado y otra cosa es tener a Jesús como el centro de la vida. (Así puede suceder que tú hayas sido acólito, catequista y buen amigo del párroco pero aún no pertenezcas a Cristo).
San Pablo es un ejemplo claro de esto. El no era un ateo sino un fiel creyente judío. Antes de su conversión se llamaba Saulo y pertenecía al grupo de los fariseos, era teólogo y maestro de la ley. Por fidelidad a su religión se comprometió a perseguir a los seguidores del "falso" mesías Jesucristo. Saulo conocía el Antiguo Testamento de la Biblia, pero no conocía a Jesucristo. Cuando Saulo se dirigía a Damasco para encarcelar cristianos tuvo un encuentro personal con Jesús. Fue derribado del caballo para que pudiera abrir los ojos del espíritu y "ver y oír" al Señor Jesús que le dijo: "Saulo, porqué me persigues". El preguntó: "-¿Quién eres Señor?... Y Jesús le dijo: "-Soy de Jesús de Nazaret a quien estás persiguiendo..." (Hechos 9,1-6).

Este encuentro personal con Jesús cambió el corazón de Saulo. De perseguidor se convirtió en apóstol. Nada ni nadie hubiera sido capaz de cambiar a ese judío fariseo, fanático y tenaz como pocos. Solo Jesús en persona. Jesús pudo cambiar al ambicioso Zaqueo, a la prostituta Magdalena, al pagano Mateo, al rudo pescador Simón Pedro. Y lo mismo es y será con todos los hombres. Sólo un encuentro con Jesús convierte los corazones y transforma las vidas. (Lo mismo es para tí lector. Nadie te cambiará sino solo el encuentro personal con Jesús).
EL PROCESO DE LA CONVERSION
El primer y fundamental paso de la fe cristiana es pues conocer personalmente a Jesucristo. La conversión empieza cuando el creyente recibe la Buena Noticia de Cristo y "abre sus ojos" al Salvador del mundo. Al percibir que Jesús es EL SEÑOR VIVO Y VERDADERO cree en El, se arrepiente de haber vivido apartado de sus enseñanzas y le entrega su vida entera (Juan 4,42; 1 Juan 1,1-2). Este encuentro con Cristo vivo produce una CONVERSION RADICAL EN EL ALMA y graba la dulce presencia del Señor en el corazón (Hechos 26,12-20; Gálatas 2,20). Cristo llega a ser el todo y lo demás queda en segundo plano (Filipenses 3,7-8). Como fruto de la conversión brota incontenible el amor al prójimo en forma de servicios concretos (1 Juan 3,14). Así sucedió con los primeros cristianos y con los santos de todos los siglos. Conocer a Cristo impactó sus corazones y cambió el curso de sus vidas (Filipenses 1,21). Ellos tuvieron un encuentro con Cristo Jesús que los llevó a confesar que se trataba del Hijo de Dios muerto y resucitado por la salvación de la humanidad (Mateo 16,16), y se entregaron a El para siempre.
CONVERSION = SEÑORIO DE JESUS
La conversión a Cristo es un proceso que produce una revolución interior en la persona. Hay una cambio de mando y de criterios. El trono del corazón es tomado por el Señor. Para ver mejor el proceso de la conversión observa estas cuatro figuras que reflejan la situación en que pueden estar las personas:
FIGURA 1: (el Yo sentado en el trono, no hay Cristo) Simboliza la persona autosuficiente. El yo ocupa el trono del corazón. Busca lo que le place y hace lo que quiere pensando solo en su egoísmo. No conoce a Cristo. Jesús está fuera del círculo porque la persona no cree en él. No existe conversión.
FIGURA 2: (el Yo sentado en el trono y Cristo al lado) Representa a la persona que cree en Dios pero en el trono de su corazón reina el yo egoísta. Jesús forma parte de su vida pero solo por tradición. No se ha convertido a Cristo. Si tiene necesidades le pide que ayuda. Si no recibe respuesta lo deja de lado para buscar otras ayudas "más eficaces". Es el típico «católico a mi modo».
FIGURA 3: (Cristo sentado en el trono y el Yo inclinado ante Cristo) Simboliza a la persona que ha encontrando a Jesús y le ha reconocido como su Señor. Aquí Jesús ocupa el centro. El creyente le ha entregado su corazón, mente, alma, casa, bienes, familia, trabajo, afectos, salud, voluntad, temores, esperanzas, proyectos, pasado, presente, futuro... ¡TODO! Le pide cosas a Dios pero acepta que se haga lo que Dios quiere y no lo que él desea. Ha entrado en conversión.
FIGURA 4: (Solo está Cristo en el trono) Representa la santidad cristiana donde el creyente deja crecer a Cristo en su interior (Juan 3,30) hasta decir con verdad como San Pablo: «Vivo yo, pero ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2,20). Es la conversión total: la persona ha cambiado su vida pobre y pecadora por la hermosa vida de Cristo.
¿CUAL ES NUESTRA REALIDAD ESPIRITUAL?
Apliquemos lo visto a nosotros mismos. Si quisiéramos representar nuestra realidad espiritual con una de las cuatro figuras, ¿cuál dibujaríamos? ¿Está ocupando Jesús el centro de nuestro corazón? ¿O tal vez Jesús ni siquiera ha entrado al círculo de nuestra vida? ¿O somos de los católicos «a mi manera» que creemos en Cristo pero no dejamos que él mande en nuestra vida? Jesús, igual que a sus discípulos, nos hace hoy esta pregunta: «Para tí, quién soy yo?» (Marcos 8,29). Si al hacer un sincero examen de conciencia vemos que aún no le conocemos en persona ni le hemos entregado nuestro corazón entonces debemos volvernos a él.
La Palabra de Dios cuestiona nuestra "tranquilidad" espiritual y nos llama a la conversión: - «Yo se todo lo que haces, y se que estás muerto aunque parezcas vivo. Despiértate y salva lo que aún queda con vida en tí y que ya está a punto de morir. Si no te despiertas llegaré a tí cuando menos lo esperes» (Apocalipsis 3,1). - «Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, te vomitaré de mi boca... Yo reprendo y corrijo a los que amo. Por eso te digo que seas fervoroso y te conviertas a Dios» (Apocalipsis 3,15-19). Palabras muy duras que debemos reflexionar seriamente.
En Latinoamérica casi todos hemos heredado la fe cristiana por tradición familiar. Pero esta no es la fe personal. La fe personal es fruto del encuentro con Jesús. El encuentro con Jesús nos permite conocerle en vivo y recibirle como Señor y salvador. Este encuentro se transforma luego en una íntima comunicación con El hasta que Jesús llega a ser todo en la vida de uno.
Acogiendo en nuestro corazón a Cristo Salvador podremos echar fuera de nuestra vida las tinieblas del pecado, de los vicios y de la ignorancia espiritual. El hará lo que nunca hubiéramos logrado solos: transformarnos en preciosos hijos de Dios. Sólo nos pide el esfuerzo diario de seguirle y perseverar en ello. ¡EL HARA LO DEMAS! En Caná de Galilea pidió agua y la convirtió en buen vino. En el desierto pidió unos panes y alimento a cinco mil. Así también en nuestra conversión nos pide el esfuerzo diario de seguir sus enseñanzas y El pondrá el resto.
Por último, la conversión es también una gracia de Dios. Jesús ha dicho: «Nadie puede venir a mí si mi Padre no lo atrae» (Juan 6,65; Mateo 16,17). Por eso, si queremos cambiar nuestras vidas y ser buenos cristianos, debemos arrodillarnos humildemente ante Dios y suplicarle por nuestra propia conversión y la conversión de los demás: «Conviértenos a tí Señor, y entonces nos volveremos a tí» (Lamentaciones 5,21).


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